Harav Yitzchak Ginsburgh

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domingo, 11 de noviembre de 2012

La Cabalá nos enseña que hay cuatro elementos que componen la materia física: fuego, aire, agua y tierra.
Los cuatro elementos están conectados mientras la persona vive, al morir comienzan a descomponerse.
¿Por qué el verso dice que Sará murió “en Kiriat Arba, que es Jevrón”.
Kiriat Arba significa “la Ciudad de Cuatro”, Jevrón (חברון) significa “conexión” (חבור). Los cuatro elementos de Sará estaban intactos incluso después de morir.
La muerte de Sará reveló un nuevo fenómeno que desafía las leyes de la entropía; quitó el velo a la eterna cualidad del cuerpo y el alma judía.
Las almas persisten y permanecen activamente conectadas al mismo cuero que murió y permanece sepultado en la tierra.
El alma sigue persiste incluso después de que la persona se va de la dimensión física de la creación, el cuerpo también permanece.
Hay vida después de la muerte, un mundo de almas. El cuerpo también continúa existiendo.
La muerte no es un “agujero negro” en el camino de la total obliteración; es una transición hacia una nueva esfera de vida.
La actitud judía frente a la muerte conlleva una permanente conexión entre el muerto y aquellos que siguen viviendo.
La diferencia entre el hombre y el animal continúa siendo evidente después de la muerte; un cuerpo que contenía un alma es diferente de aquel que no la tuvo.
El estatus anti entrópico del cuerpo judío es inherente en todos nosotros pero se vuelve evidente en personas muy especiales, Sará fue la primera.
Existen muchos relatos de justos y mártires de la fe judía cuyos cuerpos permanecieron intactos incluso después de habar estado décadas en la tumba.
Cada latido de vida es un reflejo del infinito; Sará reveló que el poder del infinito permanece vibrante incluso después de la muerte.
En cada cuerpo que resucitará en el futuro el hueso “luz” permanece completo; de él se recreará un nuevo cuerpo para albergar su alma.